¿De qué sirve leer?

 

Por ahí había una campaña que aseguraba que leer nos hacía mejores. ¿En qué sentido? Obviamente no en el moral.

Cada vez batallo más para responder a esa pregunta. A veces pienso que los lectores somos proselitistas a la manera de los testigos de algún dios. No es que toquemos la puerta a horas inoportunas del domingo, pero sí nos gusta atraer gente a nuestro redil.

Descubrimos algo maravilloso y queremos por las buenas o por la fuerza compartirlo con otras personas.

Ahora que en la vida se busca algo llamado éxito, es difícil encajar la lectura en este propósito. Anda, hijo, diría un padre. Lee para que seas alguien en la vida.

Pero el niño ve otras cosas en el mundo. Sabe que se puede llegar a la presidencia del país más poderoso del mundo con apenas saber deletrear. Mucho menos falta hacé conocer los clásicos. ¿Poesía? ¿Para qué?

Sabe que a la presidencia de México se llega sin leer a nuestros autores y sin siquiera saber pronunciar sus nombres.

A lo más que llega un buen lector es a escribir los discursos de estos ignaros.

Los actores, los cantantes de moda, están al nivel de un mocoso de primaria. ¿Quién fue la que hacé unos años mostró su pequeñez mental ante Juan José Arreola?

Por ahí había una campaña que aseguraba que leer nos hacía mejores. ¿En qué sentido? Obviamente no en el moral. Mis amigos lectores, como diría Joan Manuel Serrat, son unos atorrantes, se exhiben sin pudor, beben a morro, se pasan las consignas por el forro, palpan a las damas el trasero, hacen en los lavabos agujeros y les echan a patadas de las fiestas.

Hitler era un lector. Los nazis eran gente cultivada. El mismo George Steiner dijo así: “Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o a Rilke por la noche, que puede tocar a Bach o a Schubert, e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz”.

¿Leer nos hace felices? Por supuesto que no. Los espíritus más sosegados son los ignorantes. En la ignorancia se hacen pocas preguntas. No se tiene la dignidad en un concepto muy elevado. Quien tiene la mente en blanco queda contento con pan y circo.

La lectura sólo es necesaria para el lector. A él lo puede volver infeliz la falta momentánea de un libro.

Leer ni siquiera mejora el carácter. Los lectores suelen ser cascarrabias, seres próximos a la amargura. Quejumbrosos. Nunca se explican por qué sus jefes son tan incompetentes. Les aburre platicar con el vecino, con los cuñados. Las reuniones familiares son una cruz. Sólo se sienten a gusto con los de su misma especie.

¿De qué sirve leer? Es una pregunta que no se hace el amante de los libros. Dejemos que la hagan los iletrados a sus maestros también iletrados. Que el gobierno siga organizando falsas campañas con argumentos huecos, y que invite a futbolistas analfabetos para promoverlas.

Quizá leer sirva de algo o tal vez sea inútil. Hoy no estoy para argumentos. 

 

Tres mitos de las combis

 

Timelapse de la avenida San Martín, en Barranco, junio de 2011. Gracias al Metropolitano, esta tradicional calle barranquina ahora es recorrida por 18 rutas de combis, custers y buses. Vídeo: Juan Francisco Baigorria.

Como lo sufrimos todos los días, los limeños creemos que conocemos la realidad de nuestro transporte urbano. Sin embargo, INFOS salió a comprobar algunos de los mitos sobre la congestión, los accidentes y la contaminación y comprobó que los lugares comunes pueden estar equivocados.

MITO 1: EL TAMAÑO IMPORTA

Aunque parezca difícil de creer la congestión limeña no se debe a la cantidad de automóviles que circulan por nuestras pistas. En nuestro caos urbano, el tamaño del parque automotor no es el origen del caos. De hecho, Lima es una de las ciudades con menos automóviles por habitante en América Latina. En serio.

Según los datos de la CEPAL, la tasa de motorización peruana es muy baja. Por cada 19.2 peruanos hay sólo un vehículo. Este es un parque automotor mucho menor al de otros países de la región como Colombia (con 8.18 habitantes por vehículo), Chile (5.87) o Brasil (3.59). Entonces, si no hay tantos carros como en otros países, ¿cuál es el problema?

En realidad, el verdadero problema son los viajes, combinados con lo ineficiente del sistema. Como nuestro transporte público se moviliza mayoritariamente en vehículos pequeños (combis, ticos), se necesita hacer más viajes para movilizar a menos gente. Hay menos carros, pero se usan más.

Hoy en día, los limeños hacemos más de 16.5 millones de viajes al día. De ellos, 4.2 millones se hacen a pie y 12.3 millones, en automóvil. De estos últimos, el 82.8 %, es decir más de 10 millones, se realizan en transporte público y ocupan más espacio del que debieran.

De 10.2 millones de viajes diarios en trasporte público, 8.5 millones se realizan en vehículos colectivos (combis, custers y buses) y 1.7 millón en taxis o mototaxis, tejiendo una enredadera donde los viajes se complican y multiplican. Todossaturando la red vial urbana de Lima-Callao en sus 8 mil kilómetros de vías, con zonas críticas y horas punta, dando un mal uso a nuestras pistas.

Pero hay un tamaño que sí importa: el de los vehículos.

–Mira, un bus urbano en cualquier lugar del mundo ocupa 30 metros cuadrados de piso, y así lleva a 100 pasajeros –explica Edwin Derteano, presidente de la Asociación Automotriz del Perú-. Ese bus, en el Perú, ha sido reemplazado por 7 combis para llevar a los mismos 100 pasajeros que ahora ocupan 72 metros cuadrados de piso. Es decir, los mismos pasajeros ocupan el doble de espacio. En el mundo la tendencia es hacia buses más grandes, pero el Perú fue hacia vehículos más chicos.

Conforme pasa el tiempo, todo esto resulta en pérdidas de millones de horas/hombre. Un limeño pasa, en promedio, 90 minutos diarios transportándose. Esto hace que en Lima una persona gaste, viajando, alrededor 23 días al año. Casi un mes, metido en una combi.

Un estudio realizado el 2009 por Pro Expansión que reveló que el caos vehicular cuesta a Lima 6 mil millones de dólares al año, que se van en gasolina, sistema operativo de los autos y tiempo.

–Además, con mis estudios recientes encontré que en 5 años se iban a duplicar las horas punta –dice, preocupado Eduardo Carrillo Benvenuto, ingeniero y especialista en trasporte-. O sea, íbamos a tener otras 5 horas punta en todo el día. Y dentro de 10 años vamos a tener punta todo el día. O sea: ya no se va a poder viajar.

En las calles limeñas muere una persona cada tres horas, gracias a la imprudencia de nuestros conductores. Fotografía: Perú.21.

MITO 2: CARRETERAS MOJADAS

Aunque un consumidor habitual de noticieros podría creer lo contrario, la mayoría de muertes en vehículos motorizados no ocurren en las carreteras del interior del país, sino en las pistas de la capital de la República.

En el 2007, la Defensoría del Pueblo emitió el Informe Nº 137, titulado “El transporte urbano en Lima Metropolitana: un desafío en defensa de la vida” (sí, así como lo lee: un desafío).

De 47 941 accidentes que ocurrieron en el país, el 59,9 %  sucedieron en Lima. Este porcentaje esconde unas cifras de terror: nada menos que 653 muertos en las pistas limeñas, además de 24 730 heridos, sólo en un año.

La tendencia ha venido creciendo desde el 2003. Decir que estamos en guerra no es una exageración: entre 2003 y 2010, sólo en Lima, murieron 5606 personas en accidentes de tránsito. Para hacerse una idea de la masacre urbana, en la guerra de Iraq, durante el mismo periodo, murieron 4415 soldados norteamericanos. En conclusión, nuestros choferes mataron más.

Las estadísticas de la Policía muestran una frecuencia de terror: cada 7 minutos ocurre un accidente, cada 38 minutos una persona resulta herida y cada 3 horas, una fallece.

En promedio, durante esta década, de cada cuatro personas muertas en las pistas de la capital, una murió a consecuencia de un choque y tres fallecieron atropelladas. Es decir que en Lima, usted tiene tres veces más posibilidades de morir caminando que dentro de un auto. Sí, en esta ciudad, caminar es peligroso.

Los peatones son doblemente víctimas. Según un informe de Ciudadanos al Día del 2009, solo el 8% de accidentes fueron originados por imprudencia de un peatón. La abrumadora mayoría, el 73% (62,396) de los accidentes de tránsito registrados en las ciudades del país fueron causados por conductores.

Ante este baño de sangre, la Policía, encargada del control del tránsito y de aplicar las sanciones a los infractores, tiene una participación insuficiente: solo hace efectiva el 30% de las multas.

¿Por qué? Uno de los motivos es el artículo 289º del Reglamento Nacional de Tránsito, que establece que las multas por infracciones las paga el propietario del vehículo y no el conductor. Como vimos en el INFOS anterior, ninguna combi, custer o micro es conducida por su propietario y la mayoría de ellos no está a nombre de la empresa de transporte, sino de un tercero. La mayoría de papeletas son, por tanto, papel mojado.

Y aquí es cuando volvemos al punto anterior: el problema no es la cantidad de automóviles, sino de viajes. El reporte Transporte Urbano Metropolitano de Lima y Callao en Números- a octubre de 2010-  identificó algunos puntos peligrosos por su alta circulación de vehículos en hora punta:

 

Varios de estos puntos coinciden con las vías que presentan mayor cantidad de accidentes fatales reportados por la Defensoría del Pueblo. El informe también señala que se trata, justamente, de vías periférica, por donde transitan, en su mayoría, los sectores más pobres de la ciudad.

Nuevamente: el problema no es la cantidad de automóviles, sino lo ineficaz del transporte, que genera más viajes para llevar menos gente. El informe Accidentes de Tránsito en el Perú: ¿casualidad o causalidad?, explica que nuestro país tiene una tasa de motorización (vehículos por habitante) pequeña en relación al tamaño de su parque automotor pero que, irónicamente, es el segundo país de la región con mayor tasa de mortalidad por accidentes de tránsito, sólo superado por Venezuela.

Combis

Nuestro transporte no sólo mata con la violencia de los accidentes. También, miles de limeños mueren cada año producto de la contaminación de unos carros viejos que se aglomeran en los puntos congestionados. Foto: inti334.

MITO 3: EL SMOG MATA

Este es un mito que, lamentablemente, es más real de lo que la gente imagina. De hecho, en Lima muere casi tanta gente a causa de la contaminación como por los accidentes de tránsito.

Un estudio del Consejo Nacional del Ambiente (Conam) reveló en el 2005 que más de 4 mil personas mueren al año en Lima por la contaminación atmosférica debido al material particulado (material sólido o líquido suspendido en la atmósfera). También se encontró que los vecinos de Comas y otros distritos de Lima Norte –San Martín de Porres, Puente Piedra, Los Olivos, y Carabayllo son los más expuestos y vulnerables.

Así, un ama de casa en Comas, en la zona de la Av. Tupac Amaru, tiene en su sangre2,63% de monóxido de carbono (CO), mientras que un chofer de combi que todos los días atraviesa la avenida Abancay, tiene 1,64%. ¿Por qué? Porque el ama de casa está expuesta las 24 horas, al vivir cerca al foco de contaminación, mientras que el chofer sólo circula periódicamente por él.

Y, sí, la razón de todo esto es, nuevamente, la congestión vehicular: la cantidad de viajes ineficientes de más carros que trasladan menos pasajeros. Podrían ser menos viajes, ya que nuestro parque es pequeño. Pero no es así, gracias al sistema de vehículos pequeños (combis, ticos) en los que nos trasladamos los limeños. Las dos terceras partes de la contaminación en Lima se deben a la congestión. De hecho, los niveles de corrupción del aire ya son superiores a los encontrados en ciudades como Santiago de Chile, México D.F. o Sao Paolo.

–A ver –dice Derteano, poniendo los puntos sobre las íes-,  tengamos en cuenta que del  millón 800 mil de vehículos que tiene el Perú, un millón 200 mil están en Lima.  Y vamos a suponer que este millón 200 mil vehículos gaste un galón y medio de gasolina de más, al día, por la misma congestión. Todos los días tenemos miles de motores prendidos por las puras, atorados, en plena congestión. Multiplicado por 360 días del año son 648 millones de galones.

A la congestión se agrega otra característica de nuestro parque automotor: la antigüedad de los vehículos de trasporte público. Según el reporte, Perú: Situación Automotriz 2010, la importación de vehículos usados ha sido significativa, principalmente desde Japón. Gracias a la liberalización del transporte en la década del 90, que permitió la importación de autos usados para el transporte público, en Lima Metropolitana, la edad promedio de los autobuses es de 19 años, 18 años en el caso de los microbuses y 16 años en las combis. En Bogotá, los vehículos de transporte público tienen una antigüedad de 13 años, y en Santiago de Chile, 5 años.

Para formarnos una idea del impacto que produce este viejo parque automotor, imaginemos un ómnibus (diesel) con más de 10 años de antigüedad que recorre 88 mil km al año entre San Juan de Lurigancho y Villa María del Triunfo produciendo untotal de 240 TM equivalentes de CO2. Ahora, multiplique eso por miles de vehículos. Cada año. Todos los años, desde 1991.

MITO 4: ESTO ES UNA GUERRA.

No, no es un mito. Sí, sí es una guerra.

La amenaza de las bacterias mutantes

La siguiente es una extraordinaria investigación periodística, cuyo valor informativo, es de proporciones clarificadoras,  investigaciones de esta naturaleza no son difundidas en los medios de comunicación tradicionales, por su complejidad y atrevamosnos a decirlo , porque son impopulares y no otorgan rain al medio que los difunda, sin embargo cuando yo lo leí me pareció estupendo, así que lo comparto con uds.

A continuación los créditos al periodista que realizo la investigación y el articulo propiamente señalado.

por: Rafael Vereau Gutierrez

Curioso, literato y periodista. Graduado de la UNMSM e investigador desde el 2007 en temas antropológicos y de análisis del discurso.

 

 

Centro de Salud de San Cosme. Una chica de 21 años se entera que está infectada por el bacilo de Koch. Fotografía: Nicola Torriti.

- Tengo miedo de contagiar a las demás personas, a mis hijos que los quiero y amo –dice Mireya. Ella es madre de familia, vive en La Victoria y tiene tuberculosis-. Tengo miedo de que ellos puedan sufrir lo que estoy sufriendo u otras personas puedan sufrir como yo, porque no quisiera que sientan lo que me está pasando.

Desde hacé tres años, Mireya es paciente de tuberculosis, pero no de cualquier tipo de TBC, sino de TBC – MDR. Las iniciales MDR significan Multi Drogo Resistente y quieren decir que se trata de una mutación de la enfermedad que resiste al tratamiento normal. Existe una peor: XDR, extremadamente resistente, prácticamente incurable.

En el Perú son en promedio 33 mil los nuevos contagiados de tuberculosos por año. Aunque han descendido nuestros índices de contagio, seguimos teniendo la segunda tasa más alta de América después de Haití.  Pero si contamos sólo las variantes MDR y XDR, alcanzamos el primer lugar. Nada menos.

Esta situación, como ya se sabe, tiene su epicentro en Lima con el 59% de los casos de TBC en todas sus formas, el 82% de casos de MDR y el 92% de XDR. Las más altas de Sudamérica en todos los sentidos.

La situación es francamente alarmante. Un estudio de la Dra. Ellen Brooks demuestra, que de cada 10 personas que desarrollan TBC en Lima, 7 la consiguen en la calle y sólo 3 por contactos dentro de las viviendas. Al contrario de lo que pasa en la mayor parte de ciudades del mundo, en Lima hay mayor riesgo de contagio en la calle.

SE BUSCA: DIAGNÓSTICOS RÁPIDOS

En Lima y en el resto del país, los métodos de diagnóstico para localizar al bacilo son muchos, pero a la vez lentos e inexactos. En los casos más resistentes, puede tomarhasta 3 o 4 meses detectar la enfermedad.

El caso de Mireya es emblemático. Le detectaron TBC en mayo del 2009 y siguió su tratamiento durante seis largos meses.

- Yo seguí al pie de la letra todo. Pero seguía toseandoSalí de alta y seguía toseando. Vine al centro de salud a dejar de nuevo mi esputo pero no sabíamos. Pasaron todavía prácticamente 3 meses y recién detectaron la enfermedad que yo tengo: TBC – MDR.

Es decir, durante 9 meses, Mireya no supo que tenía, no tuvo el tratamiento adecuado y pudo haber contagiado a muchas otras personas.

Para evitar esta situación, asegura la Dra. Pamela Canelo, del Centro de Salud de San Cosme, se necesita una prueba para el diagnóstico TBC – MDR mucho más eficaz.

- La más rápida en Perú es el MODS, que aún está en estudio, y desafortunadamente sólo cuatro laboratorios procesan esta prueba en el Perú. Está forma de diagnosis ofrece resultados en máximo 10 días –indica la doctora Canelo.

Pero sucede que en la mayoría del país solo se cuenta con la prueba de Griess, que ofrece resultados en un mes. Y cuando el Griess no puede detectar el tipo de TBC, el paciente debe realizar una prueba de sensibilidad que solo se hace en el INS (desde el 2006, antes se enviaba a EE.UU) y demora más.

Y mientras se descubre qué tipo de TBC se enfrenta, se va tratando al paciente. Y si el paciente tenía un tipo de TBC que no corresponde al tratamiento que llevaba, todo habrá empeorado. Para cuando se consiga el diagnóstico final, el bacilo habrá aprendido a ser resistente a las drogas.

LIMA, LA CIUDAD MULTI DROGO RESISTENTE

- Cuando uno toma la medicina es bien fea. Choca bastante, da sueño, malestares, pucha, en verdad, los primeros días no podía ni trabajar. Yo tomaba  11 pastillas –dice Roberto, taxista a medio tiempo y paciente de TBC MDR a tiempo completo-.  Luego me la pasaba en la cama o en mi techo esperando que se me pase el efecto. Estaba 4 o 5 horas con la cabeza que me dolía, el estomago me ardía, la boca me quedaba amarga. Me chocaba el hígado.

El aumento de historias similares desde 1997 suma 11,446 de casos de MDR y 336 de XDR. El primer caso de XDR fue notificado el año de 1999 y, hoy en día, más del 80% en ambas formas se concentra en los distritos de La Victoria, Lima Cercado, San Martin de Porres, San Juan de Lurigancho, Ate, Santa Anita y El Agustino.

La propagación de ambas modalidades parece imparable. Los casos se acumulan año a año. Estos son los casos de TBC MDR detectados con pruebas de sensibilidad en los últimos años:

Casos de TBC XDR detectados con pruebas de sensibilidad en los últimos años:

La TBC no es un problema de pobres ni de migrantes ni de presos. Está en todo el país, el bacilo de Koch puede contagiar a cualquier persona sin importar su estatus económico o social. Como dice Eduardo Ticona, Jefe del Departamento de Epidemiología del Hospital 2 de Mayo: “Las fronteras, para los microbios, no existen”.

Sobre esta preocupante resistencia en Lima, Ciro Maguiña, Decano Nacional del Colegio Médico del Perú, considera que varias zonas de la ciudad deben ser declaradas en emergencia sanitaria por este tipo de cepas. Para él es necesario que los casos de MDR y XDR sean aislados de la sociedad y trasladados a sanatorios fuera de Lima. “Si es necesario, a la fuerza. Pero con un plan social, psicológico y médico que considere la necesidad de una calidad de vida digna para el paciente”.

Mapa de morbilidad (casos por cada 100 mil habitantes) de TBC en el Perú. Lima ciudad (187.2) tiene la mayor concentración pero otros puntos del país como Ucayali (173.6), Madre de Dios (147.7) e Ica (117.8) exceden de lejos la meta aceptable, que es 40 por cada 100 mil. Elaboración: Francisco Javier Rodríguez Arias con datos del Ministerio de Salud.

LUGARES DE RIESGO: COLEGIOS Y HOSPITALES

Aunque la TBC no discrimina nivel socio económico ni territorios, sí es verdad que determinados grupos poblacionales se encuentran en mayor riesgo. Por ejemplo, los niños.

Hasta el 2010, se habían presentado 1073 casos de escolares con TBC. Doctores como Wilder Carpio, miembro de la DISA V de Lima Ciudad, indican que “aún es muy insuficiente el control en escolares, en los cerros de Lima hay niños que conviven con sus familiares con TBC, porque las casas son pequeñas o no se puede dejar al niño con alguien más. Así el bacilo viaja hasta la escuela donde están otros niños.”.

En el Perú, los lugares con mayor número de escolares infectados son: Lima Este (172); Lima Sur (96), Lima Ciudad (71), Junín (69); Callao (61), La Libertad (36), Ica (23). De todos ellos, el 50% tenía antecedentes familiares de tuberculosis. La familia contagia.

Resulta irónico pero es cierto: otra de las poblaciones más amenazadas son precisamente quienes combaten al bacilo. El riesgo de trasmisión de la TBC es muy alto también en los hospitales. Los principales afectados son los internos, residentes y trabajadores de limpieza, aquellos que, día a día, conviven con sistemas de ventilación deficientes en edificios muy concurridos. Un ejemplo a la vuelta de la esquina, es el caso de los trabajadores del Hospital Arzobispo Loayza que, desde 1999hasta ahora ha diagnosticado a 114 trabajadores. Sí, 114 trabajadores de un solo hospital.

A nivel nacional la situación es peor. Sólo en los casos de la resistente modalidad MDR, las Direcciones de Salud del país presentaban estas cifras de contagio: Lima Ciudad (72), Lima Este (68), Lima Sur (35), Callao (26), Región Lima (17), La Libertad (10).

Otro caso dramático ocurre cuando la enfermedad llega a estas poblaciones no expuestas anteriormente a la TBC como poblaciones nativas, que no tienen ningún tipo de anticuerpo natural para defenderse. En el 2008 se identificó 702 pacientes indígenas. De ellos, nueve tuvieron MDR  y tres fueron casos de XDR en pobladores indígenas quechuas.

LIMA: AL FONDO HAY SITIO PARA LA TBC

Enfermarse de tuberculosis significa pérdida segura de empleo. El paciente suele ser despedido con la excusa de que “contagiará” a sus compañeros. Y si eso no ocurre, el tratamiento suele ser tan agotador, que termina afectando su desempeño laboral. Por eso, muchos pacientes ven en el trasporte público una oportunidad para seguir laborando.

- Tú sabes que con esta enfermedad, no puedes hacer nada, te destruye en todo. Yo ahora solo me dedico a taxear, un amigo me alquila su carro por horas, aunque sea para sacar para la comida –nos dice Roberto, nuestro taxista de la Victoria, que enfermó por ocupar la habitación de su hermano fallecido de TBC-. Aparte lo hago para que me distraiga, no aguanto estar metido en casa. Mi ruta es: a donde me pagan, allá voy. Si me dicen a otro país, también voy.

Lamentablemente, cada pasajero de Roberto podría ser una potencial víctima de tuberculosis.

Existe un estudio de la enfermedad en cobradores y choferes en Ate que reportó  un resultado alarmante: 56 de 73 de trabajadores de transporte informal de tipo combi que cubre la ruta Ate-Vitarte, tenía infección tuberculosa detectada con la prueba de tuberculina o PPD.

Otro dato interesante: de las 34 empresas con terminales terrestres en Lima, inscritas en el 2004 en el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, 25 se encuentran en zonas de alta incidencia de TBC como Lima Centro, Ate, La Victoria, San Martín de Porres o San Luis. Y todas ellas pasan por La Parada, en medio de dos cerros que son los focos infecciosos más grandes de Lima: los cerros El Pino y San Cosme. Sobre el Cerro San Cosme tratará nuestro próximo informe.

Los Olvidados

El siguiente es un articulo periodístico perteneciente al periodista Martin riepl,relata  la historia de como  un par de ciudadanos  de escasos recursos económicos, contribuyeron de forma encomiable  e inimaginada a condenar por crímenes contra los derechos humanos al ex-presidente Alberto Fujimori

Título: Los olvidados, el capítulo que faltaba.
Autor: Martín Riepl Cuperstein (Perú)
Medio: Etiqueta Negra (Perú)
LOS OLVIDADOS, EL CAPÍTULO QUE FALTABA
EL CRIMEN DE LA CANTUTA
¿Quiénes son esos testigos que ayudaron a condenar al ex presidente Fujimori?
¿Por qué casi nadie se acuerda de ellos?
La mañana en que iban a sentenciar a Alberto Fujimori, un hombre interesado en su
condena libraba una batalla inútil contra un televisor. La señal era pésima. Fujimori
lucía muy elegante frente al tribunal que durante más de quince meses lo juzgaba por
el asesinato de veinticinco personas. Vestía un traje negro y una corbata oscura. El
rostro parco de siempre delataba cierta ansiedad. Jugaba con un bolígrafo y evitaba
ver a los jueces. A ratos tomaba notas con los labios apretados. Detrás de una
mampara de vidrio, sus hijos Keiko y Kenji tenían el gesto gélido de quien se apresta a
escuchar una mala noticia, la peor de todas. Los rodeaban algunos congresistas de su
partido. Nadie murmuraba cuando el juez principal empezó a decir: «Este tribunal
declara que los cuatro cargos objeto de imputación se encuentran probados más allá
de toda duda razonable. Por consiguiente, la sentencia que se emitirá es
condenatoria». La sala estaba abarrotada. Allí también estaban los familiares de las
víctimas, varios observadores internacionales, periodistas, fotógrafos y camarógrafos
que registraban cada detalle de la sesión. Cada cierto tiempo, los corresponsales
daban cuenta del alboroto que había en los exteriores de esa base policial donde
durante dieciséis meses se juzgaba al ex presidente. Una multitud de fujimoristas
vestidos con sus características camisetas anaranjadas había acudido a apoyar a su
líder. Grupos de activistas de derechos humanos exigían una condena ejemplar. Los
policías contenían la euforia de esos dos grupos rivales. Las imágenes del juicio se
transmitían a todas las cadenas internacionales de noticias. Pero se filtraban con
dificultad en las laderas de un cerro de Lima, donde Justo Arizapana estaba de visita.Él,
que había descubierto los restoshumanos de la masacre de la Cantuta, el primer
testigo del caso más contundente contra Fujimori, se esforzaba por entender con
claridad la lectura de la sentencia. Quería saber si hablarían de él. Pero en las cuatro
horas que duró aquella sesión histórica, como decían los comentaristas de la
televisión, nadie pronunció su nombre en esa sala.
Ni siquiera en el barrio de Chosica, donde él se había escondido durante años,
recordaban su verdadera identidad. Algunos vecinos que lo veían después de mucho
tiempo lo saludaron llamándolo Juan. Otros le decían Julio. Otros Julián. Eran los
nombres falsos que Justo Arizapana había usado durante los años en que temía que los
militares lo buscarían para vengarse por lo que había hecho.
Esa misma mañana, en Comas, al extremo opuesto de la ciudad, otro testigo
olvidado escuchaba la sentencia mientras preparaba una sopa en la cocina de su casa.
«Nosotros pusimos ahí al presidente. A mí esto me parece como una película. He visto
todo el juicio, desde que comenzó, y se ha hecho justicia», dijo Guillermo Catacora
mientras revolvía la olla con un cucharón de madera. A los setenta y ocho años, él
todavía atiende a una de sus hijas que sufre de retardo mental. Ella esperaba el
almuerzo. Catacora dejó el cucharón y bajó el fuego. «Los mencionados delitos de
homicidio calificado constituyen crímenes contra la humanidad», leía la relatora del
tribunal por la televisión. Afuera hacía sol. Algunos jóvenes jugaban al fútbol en la
pista. Un minuto antes del mediodía, llegó la sentencia: «…condenándolo a veinticinco
años de pena privativa de la libertad, que computados desde su detención en Chile
vencerán el 10 de febrero del año 2032». Fujimori saldría de prisión a los noventa y
tres años. Era la primera vez que se dictaba una condena a un ex presidente en
América Latina por crímenes contra los derechos humanos. Catacora, el otro hombre
que ayudó a que eso fuera posible, tampoco escuchó su nombre.
¿Acaso debían aceptar el anonimato como castigo por sus actos? Semanas
después de finalizado ese juicio, los dos testigos se han reunido en casa de Catacora.
Allí tratan de entender este nuevo capítulo de su historia: esa mañana, el tribunal
pudo haber mencionado sus nombres, pero no lo hizo. «En los juicios se necesitan
pruebas y la nuestra fue la más importante –dice Justo Arizapana, que tiene el cabello
muy negro y es bajo de estatura–. Sin los cuerpos no había nada. No sé por qué no nos
tomaron en cuenta». Se refiere a los huesos humanos que él desenterró en un cerro
de Lima, en 1993: los restos de los desaparecidos. Ahora es una mañana de mayo del
2009, y Arizapana ha regresado después de pasar algunos días en Chosica, en la sierra
de Lima. Vive en casa de Catacora desde marzo, por generosidad de su amigo, a quien
ayuda en su taller de artesanías. No tiene hogar propio ni esposa ni hijos. Durante el
proceso a Fujimori, la sala citó a ochenta y tres personas para recoger sus testimonios,
pero nunca a esos dos amigos. Ellos ya tenían su propio veredicto. «No interesan los
años que le dieron [a Fujimori]. Es un asesino y por su culpa vivimos corridos muchos
años», dirá Arizapana en algún momento.
Las consecuencias de su paradójico anonimato pesan en el ánimo de ambos.
–Si hubiera sabido lo que nos iba a pasar, jamás hubiera denunciado las fosas –dice
Arizapana–. Todos se han beneficiado, menos nosotros. Él exagera. Gracias a ellos,
muchas personas obtuvieron justicia o celebridad. Pero también hubo otros que
después de toparse con Arizapana y su hallazgo la iban a pasar mal.
Catacora pudo ser una de esas personas, pero él piensa distinto. Es un hombre
alto, de cabello negro, que no aparenta su edad, salvo por unos dientes postizos que le
incomodan al hablar.
–No me arrepiento de haber denunciado las fosas –dice frente a su camarada–.
Lo haría de nuevo. Aún sabiendo lo que nos iba a pasar, lo denunciaría otra vez.
–¿Y por qué? –le pregunto.
–Porque los dos estamos en la historia.
Pero la historia no siempre es lo que uno imagina. A Arizapana, por ejemplo, ni
siquiera lo conocen los deudos de las víctimas de La Cantuta. «Yo nunca lo he visto –
me dirá días después Gisela Ortiz la hermana de uno de esos estudiantes asesinados.
Es la vocera de los deudos–. Sé que él descubrió las fosas, pero no lo conozco. Si me lo
han presentado, la verdad, no lo recuerdo». ¿Por qué nadie se acordaba de ellos?
2.
La madrugada en que los miembros del Grupo Colina iban a cometer el peor error de
su carrera criminal, a Justo Arizapana le tocó cumplir el papel de testigo involuntario.
Era poco más de la medianoche en un basural de Cieneguilla, un sector de cerros
desérticos a media hora de Lima. Arizapana, un solitario reciclador de cartones, dormía
como de costumbre bajo el montón que había recolectado durante el día. El rugido de
unos motores lo despertó. Instintivamente, abandonó su refugio y se arrastró hacia la
ladera de un cerro. Desde ahí, tendido detrás de una roca, distinguió las luces de dos
camionetas que trepaban la quebrada y se dirigían hacia él. Arizapana apagó la
pequeña radio marca Futachi que siempre llevaba al cuello y contuvo la respiración. A
través de ese aparato, que era su único contacto con el exterior, se había enterado de
los operativos antiterroristas que por esa época, abril de 1993, los militares y policías
realizaban en varios puntos de la ciudad. Dos años antes, un comando anónimo había
asesinado a quince personas en una fiesta, incluido un niño, porque supuestamente
eran integrantes de Sendero Luminoso, la organización terrorista que empezaba a
asolar la capital del país. Nueve estudiantes y un maestro universitarios
desaparecieron en 1992, y una subcomisión del Congreso investigaba el hecho. En el
cerro, Arizapana temblaba. Un hombre bajó de una de las camionetas e inspeccionaba
el terreno con una linterna. «¿Hay alguien ahí?», escuchó el reciclador a la distancia.
«No», respondió otra persona. Arizapana recuerda bien esa voz, venía de casi al lado,
quizá sólo un par de metros detrás de la roca donde él se escondía. «Es sólo basura –
añadió el extraño–. Aquí no hay nadie». Entonces las camionetas continuaron la
marcha remontando el cauce seco de la quebrada. En el cielo no había luna ni
estrellas, recuerda ese testigo, que, con la camisa húmeda pegada al cuerpo y los
brazos cubiertos de polvo, trepó persiguiendo las luces. Hasta ese basural sólo
llegaban cuatro veces a la semana camiones recolectores a dejar los desperdicios de la
ciudad. Una vez, recuerda Arizapana, también llegaron dos sujetos, arrastraron una
buena distancia a una joven que parecía mareada y la violaron. Aquella madrugada,
unos diez hombres bajaron de las camionetas y se dividieron en tres grupos. Algunos
llevaban suéteres negros, otros se cubrían el rostro con pasamontañas. La mayoría
cargaba palas. Una silueta de estatura más bien baja daba órdenes. Los equipos se
separaron unos metros y cavaron sobre una pequeña loma por casi una hora.
Arizapana notó que arrojaron unas cajas a los huecos y las cubrieron de inmediato.
Luego se marcharon. ¿Serían armas?, se preguntó. ¿Drogas? ¿Joyas?
Por la mañana, el testigo bajó a saltos de su escondite. Llevaba tres años trabajando en
ese fin del mundo y conocía la quebrada de memoria. El terreno estaba cubierto de
huellas. Le parecieron de tipo militar. Unas pocas eran de zapatillas. Escarbó allí. El
hueco era profundo pero la tierra removida cedía fácilmente. Pronto sintió el borde de
una caja de cartón. Temió que pudiera haber explosivos, y trató de tener más cuidado.
Introdujo un pulgar y un índice a través de un agujero. Sintió un polvillo suave.
Cocaína, pensó de inmediato. Pero cuando sacó la mano sus dedos estaban tiznados
de ceniza. Estiró el brazo una siguiente vez y atravesó la caja con el puño. Se abrió paso
entre la ceniza y capturó un objeto largo y áspero. Le pareció madera seca.
Supuso que estaría quemada. Aferró el objeto con fuerza y sacó la mano de un tirón.
Era el trozo de un fémur.
Arizapana sintió una inquietante certidumbre. Los programas de radio, a los
que él era adicto, seguían hablando de los desaparecidos de La Cantuta. ¿Valía la pena
arriesgarse a decir algo? Él devolvió el hueso a su lugar y lo enterró de nuevo. Sólo
pudo guardar el secreto un mes.
El artesano Guillermo Catacora fue el primero que escuchó la historia de los huesos
enterrados. Arizapana lo buscó en su casa de Comas. Ambos se conocían de la prisión,
donde ambos habían caído en los años setenta por simpatizar con la izquierda radical.
Desde entonces cultivaban una estrecha amistad. Fue Catacora quien propuso
contarle todo a una tercera persona: el congresista Roger Cáceres Velásquez, por esa
época uno de los líderes de la oposición contra Alberto Fujimori. Ninguno lo conocía en
persona, pero a Catacora le bastaba que ese político fuera su paisano para sentir
confianza. Le tomó algo de trabajo convencer a Arizapana de visitar el Congreso esa
misma tarde.
Cáceres, que presidía la subcomisión que investigaba la desaparición de nueve
estudiantes y un catedrático, los recibió con aparente desconfianza en su oficina del
Congreso. En un mes debía entregar su informe sobre el caso, pero sus investigaciones
no habían avanzado mucho. Esa tarde, recuerda Arizapana, su rostro de piel cetrina
evidenciaba varias noches sin dormir. Catacora lo notó sorprendido, tal vez nervioso.
«Extraordinario. Increíble», recuerda que dijo cuando escuchó el relato. Cáceres les
pidió un mapa que precisara cómo llegar al lugar. Les garantizó que nadie se enteraría
de que ellos habían sido los autores.
Los amigos salieron con la certeza de no haberse equivocado. Una vez en la
calle, compraron un pliego de papel cometa amarillo. En casa de Catacora, lo
extendieron sobre una mesa en la sala y trazaron el camino que llevaba hasta el lugar
de los entierros. Arizapana incluyó algunas referencias en lugares clave. La prueba que
el congresista necesitaba la recuperaron al día siguiente: un hueso ilíaco chamuscado,
quebrado a la mitad. Lo pusieron en un sobre junto con el mapa y dejaron el paquete
en la oficina de Cáceres.
Un asistente del parlamentario les devolvió el sobre días después. Debían hacer un
mapa igual, pero sin colocar el nombre del congresista. Guillermo Catacora accedió sin
terminar de entender. Calcó los trazos sobre otro pliego de papel cometa y cambió el
destinatario: «A la opinión pública». Guardó el mapa original. Ambos confiaban en que
la denuncia se difundiría de inmediato.
Pero dos semanas más tarde, seguía siendo un secreto. Al menos eso creían
ambos. Los amigos se reunieron para evaluar su situación. Estaban preocupados. Las
fosas permanecían en el misterio y ellos se sentían vulnerables. Cáceres ni siquiera los
había llamado. ¿Se había acobardado? ¿No les creyó? ¿Habría hablado con alguien
más? Arizapana comenzó a lamentarse de haber confiado en él. Catacora propuso
buscar a un periodista amigo conocido en su barrio. Se llamaba Juan Jara y trabajaba
en una radio pequeña. Se citaron en un bar del centro de Lima. La conversación duró
tres horas. Al momento de despedirse, Jara llevaba en un bolsillo el mapa original que
conducía hacia los cuerpos enterrados, el mismo que había rechazado el congresista
Cáceres al inicio. Antes de partir, el periodista soltó una frase que iba a pesarle
demasiado: «Nos vemos en veinte años –dijo sonriendo, algo mareado por las
cervezas–. Si me encuentran con esta vaina me guardan al toque». Dos semanas
después de esa reunión, la policía antiterrorista arrestó a Jara en una operación
sorpresa. Pasaría once años en prisión.
3.
A lo largo de sus vidas, y hasta el momento en que decidieron dar a conocer las fosas,
Justo Arizapana y el artesano Guillermo Catacora habían desarrollado una vocación por
huir de todo protagonismo. Tenían razones poderosas. Se habían conocido en el penal
de Lurigancho, el más grande de Lima, en 1976. Estaban presos por su militancia
comunista. Habitaban pabellones distintos, pero los unían las mismas convicciones. O
quizá era sólo simpatía mutua. Arizapana acababa de cumplir la mayoría de edad.
Catacora tenía cuarenta y cuatro años. Cada vez que podía, el joven Arizapana visitaba
a ese hombre que le enseñaba a hacer figurillas con los cuernos de los toros, y cuya
vida parecía una novela de aventuras.
No era la primera vez que Catacora estaba en prisión. La primera fue por el
robo de una bicicleta. La segunda, a fines de los años cincuenta, por robar casas. A
ambos encierros sobrevivió gracias a su habilidad para tallar huesos. Había aprendido
el oficio de artesano de su padre. Sus creaciones impresionaban a sus compañeros de
celda. La figura más popular era la del cura con el enorme pene erecto. Le seguía el
cuchillo: una empuñadura de hueso unida al mango afilado de una cuchara. Allí, en
prisión, lo captaron los dirigentes del Partido Comunista, quienes le hablaron de
Mariátegui y Marx. Al salir en libertad, los comunistas lo alejaron de la delincuencia y
lo integraron a sus filas. Le enseñaron a fabricar armas caseras. Aprendió con rapidez,
como siempre, y a mediados de los años sesenta, debido a su eficacia, estaba viajando
por Cuba, Europa del Este y China, para perfeccionarse. Cuatro décadas después, en su
casa de Comas, el viejo Catacora recuerda algunos episodios de ese viaje. Durante una
clase en español sobre cómo preparar dinamita, en China, el instructor notó que el
aprendiz peruano dibujaba trazos irreconocibles. Le preguntó por qué no tomaba
notas como todos. «Es que no sé leer ni escribir, profesor», respondió él. «¿Y por qué
no lo dijiste antes?», increpó el instructor. «Es que si lo decía no me mandaban de
viaje. Y así he conocido muchos países». Era una prueba de su ingenio para la
supervivencia.
Aún hoy Catacora lee y escribe con mucha dificultad. Él sólo ayudó a dibujar el
mapa original de las fosas de La Cantuta, pues quien redactaba las instrucciones era
Justo Arizapana. Cuando el asistente del congresista pidió una copia del mapa,
Catacora se limitó a calcar el plano original omitiendo el nombre del destinatario. En
ese momento, su compañero no estaba en casa.
–¿Qué los hace tan unidos? ¿Por qué confían tanto el uno en el otro? –les
pregunté durante un almuerzo. Ambos amigos se miraron.
–Es que los dos somos materialistas –dijo Catacora sin vacilaciones.
En el penal de Lurigancho, el joven Justo Arizapana también era un preso
comunista. De adolescente lo había marcado mucho una batalla entre policías y
campesinos, donde hubo ganado robado y casas quemadas. Eso ocurrió en Yauyos,
una provincia de la sierra de Lima, donde él vivía. El sinsabor de la injusticia, dice, le
duró varios días. Un muchacho de la zona, de apellido Sanabria, vio en su rabia un
campo fértil. Le pasó las primeras lecturas socialistas, y después lo convenció de robar
las armas de una comisaría cuando los policías estaban en una fiesta. Sanabria fue
detenido seis meses más tarde, torturado y obligado a revelar el escondite de las
armas, pero no delató a su cómplice. Pasó dos años en prisión. Tiempo después, al
reencontrarse, los amigos se abrazaron y se confiaron sus secretos: Arizapana se había
unido al movimiento Vanguardia Revolucionaria. Sanabria militaba en el Ejército
Popular Peruano. Un día, cuando viajaban en un autobús, un policía les pidió
documentos a los pasajeros. El agente reconoció al ex presidiario Sanabria y lo obligó a
bajar. Arizapana los siguió. Sería otro de sus pasos errados: mientras eran llevados a la
comisaría, Sanabria sacó un revólver escondido y mató al policía de un tiro en el pecho.
Cuatro días les tomó burlar la nueva persecución. Pasaban la mayor parte del tiempo
enterrados en la arena del río. Comían pequeños camarones y pejerreyes que
encontraban bajo las piedras. Sanabria fue arrestado a las pocas semanas. Volvieron a
torturarlo. Esta vez, con los dedos reventados, dio algunas pistas para hallar a
Arizapana y a varios integrantes del Ejército Popular Peruano. Entre ellos estaba
Guillermo Catacora. Fue esta caída en Lurigancho la que unió a los dos personajes de
esta historia.
En el penal, Arizapana pasó un tiempo a cargo de la biblioteca. Allí leyó la
ODISEA, la ILÍADA, ROBINSON CRUSOE y LOS MISERABLES. Quedó impresionado por
este último drama. La historia de un ex presidiario atribulado por un perseguidor
implacable.
–Juan Valjian. Así se llamaba –se esmeró en pronunciar una tarde en la casa de
Comas–. Ése era el personaje de Victor Hugo.
–¿Y de dónde es ese autor? –preguntó Catacora, que escuchaba atento la
historia de su compañero–. ¿Es peruano?
–No –respondió Arizapana con seguridad–. Es francés.
Ambos salieron de prisión a finales de los setenta, pero volvieron a encontrarse
en el mismo lugar años más tarde. Esta vez, Arizapana estaba involucrado en un lío de
tierras en Yauyos. Catacora había caído por fabricar pequeñas dosis de cocaína. A fines
de los ochenta los dos ya estaban libres. Tal vez fue por esa época –cuando la lucha
armada ya no era un anhelo romántico de la izquierda radical sino una tragedia con
miles de muertos cada año– que despertó en ellos el anhelo de vivir al margen de la
política. Guillermo Catacora se dedicó como nunca antes a sus once hijos, a los que
apenas había visto crecer por las intermitencias de la prisión. Arizapana se fue a vivir a
una barriada entre los cerros secos de Cieneguilla. Consiguió mujer, y aunque no
estaba realmente enamorado, apreciaba su compañía. Allí descubrió que se podía
ganar buen dinero reciclando cartones y fierros en los botaderos donde las
municipalidades arrojaban sus desperdicios. Eso le garantizaba un trabajo fuera de la
ciudad. Sabía por la radio que quienes habían purgado condenas por terrorismo eran
vigilados o detenidos. Entonces él se ocultó en la quebrada y dejó de firmar el
cuadernillo de libertad condicional. Cuando encontró los huesos enterrados sólo
quería que el mundo se olvidara de él.
4.
Una secretaria corpulenta y amable me dice que el doctor Roger Cáceres está listo
para la entrevista. Es una mañana de mayo, y han pasado dieciséis años desde el día en
que le trajeron el mapa que mostraba cómo dar con los restos de las víctimas de La
Cantuta. El nueve veces congresista de la República, alguna vez considerado el decano
de los parlamentarios, hoy alquila una oficina en el cuarto piso de un viejo edificio en
la Victoria, un distrito conocido por sus calles sucias y peligrosas. El despacho es
modesto. En La puerta, una hoja bond impresa hace las veces de placa: «Dr. Roger
Cáceres Velásquez. Abogado». Sobre el escritorio cuelgan dos cuadros. A la izquierda la
Virgen de Otuzco. A la derecha, el Señor de la Misericordia.
–Se vengaron de mí –me dice poco después–. Me hicieron daño. A mí y a mi
familia. Cuando Fujimori me pidió encabezar la comisión yo le puse mis condiciones:
que tuviera autonomía, que fuera de mayoría opositora, pero, sobre todo, que no
hubiera venganzas. Esto fue lo que más se violó.
Cáceres lleva una camisa lila y una corbata verde y amarilla. Tiene casi ochenta
años. Se le ve cansado por el paso implacable del tiempo. Su partido, el Frenatraca, se
extinguió con el nuevo siglo. Él no fue elegido de nuevo. Ha olvidado o no tiene ganas
de recordar los detalles de cuando investigó el caso Cantuta. Confunde fechas,
nombres, lugares. Cuando habla del tema se le agria el rostro. Baja los ojos. Mira un
montón de papeles sobre el escritorio.
–Hubiera preferido en verdad no tener ninguna intervención en ese problema. No
hubiera aceptado la comisión. Ese mismo año empezaron las llamadas amenazantes.
Me decían que me iban a sacar la mierda por apoyar a los terrucos. Que mi familia la
iba a pagar.
– ¿Qué le hicieron?

–Prefiero no decir qué pasó, pero fue una venganza dura, ejecutada por
personas manipuladas. Dejémoslo mejor ahí. Todavía sigo afectado… todavía me
tienen.
Cáceres dice que Arizapana y Catacora también tuvieron problemas. Alguna
vez, recuerda, alguien lo llamó para contarle que esos testigos habían sido asesinados.
En abril de 1993, Cáceres era un congresista respetado. Tenía el récord de elecciones,
mociones y proyectos. Y era el encargado de investigar los casos Barrios Altos y La
Cantuta, las dos masacres más graves del gobierno de Alberto Fujimori. Cuando recibió
a esos testigos estaba por debatirse su informe final, y quedó bastante preocupado
con lo que le contaron. Le habían dejado una bomba. ¿Debía poner las pruebas en
conocimiento de su grupo de trabajo? En la subcomisión participaban cinco
congresistas. Dos eran fujimoristas. Contarles del mapa –pensaba entonces– era como
avisarle a Fujimori y a la plana mayor del Ejército. Eso daría pie a la desaparición de las
pruebas. Por otro lado, si él denunciaba el hallazgo se convertiría en juez y parte. El
pleno del Congreso, dominado por los fujimoristas, habría desacreditado su
investigación. Al final, Cáceres no consideró el mapa en su informe. Pero hizo otra cosa
que a la larga resultó más efectiva: pidió a los testigos una segunda copia que no
estuviera dirigida a él, para no sembrar sospechas. Cáceres se la entregó a unos
periodistas. Cuando ellos hicieran la denuncia, el congresista fingiría sorpresa e
indignación.
Por esos días, no había una teoría certera sobre lo que había ocurrido con los
nueve estudiantes y el profesor de La Cantuta. Había pasado casi un año de su
desaparición. Los congresistas fujimoristas argumentaban que las víctimas se habían
autosecuestrado o fugado con sus enamoradas. Cáceres, por el contrario, sostenía que
había responsabilidad en el Ejército. En el informe que presentó reunía valiosos
indicios, no pruebas concluyentes. El pleno descartó ese informe y entonces el caso
parecía cerrado. Pero el 8 de julio de ese año la revista SÍ convocó a los medios de
comunicación a Cieneguilla, donde un fiscal destaparía unas fosas. Siguiendo un mapa
anónimo su equipo periodístico había hallado unos restos humanos enterrados en ese
paraje desolado. No dijeron que fueran los estudiantes de La Cantuta. No fue
necesario.
Periodistas, políticos, familiares y representantes de organismos de derechos humanos
llegaron al lugar. Por allí también estaba Justo Arizapana. Pero, los periodistas ni los
otros personajes presentes, tan curiosos para ciertas cosas, repararon en ese
reciclador que observaba con curiosidad el desentierro del hallazgo que sólo él había
hecho posible.
Antes de ese día, los periodistas de SÍ habían visitado la zona varias veces.
Siguiendo los trazos del mapa, el periodista Edmundo Cruz llevó su Volkswagen verde
sobre la sinuosa ruta a Cieneguilla. Lo acompañaba un colega. El mapa era muy
preciso. Quien lo hubiera hecho tenía gran capacidad de observación o, al menos,
mucha familiaridad con el sitio. Se señalaba una roca grande, un muladar, una loma.
Durante una de esas inspecciones preliminares, Cruz y su compañero saludaron a un
solitario personaje con apariencia de mendigo. Lo hicieron con la amabilidad de quien
encuentra a un extraño en un lugar imposible. Era Justo Arizapana, pero entonces no
lo sabían. Tampoco lo adivinaron el día de la exhumación. Arizapana había regresado a
la quebrada para vigilar su hallazgo, pero sobre todo porque necesitaba trabajar en el
basural.
Alrededor de las fosas, las cámaras de televisión entrevistaban a las
personalidades presentes. El congresista Roger Cáceres se esforzaba en mostrar
sorpresa e indignación. Los funcionarios de la fiscalía de turno excavaban en los sitios
marcados. Algunos huesos comenzaron a aparecer en la arena. Las palas rompieron las
cajas. La ceniza coloreó la tierra. Jirones de tela. Carne chamuscada. La joven Gisela
Ortiz, hermana de una de las víctimas, lloraba a un lado. Llevaba un año de búsqueda.
Algunos activistas de derechos humanos se le acercaron. La televisión lo registraba
todo, menos al verdero descubridor. Los periodistas Edmundo Cruz y Ricardo Uceda, el
director de SÍ, respondían las preguntas de sus colegas. Arizapana observaba en
silencio, recuerda ahora. Llevaba el rastrillo de trabajo en la mano. Semanas después,
presas del miedo, tanto él como su amigo Catacora empezarían su éxodo de años.
–Tuvieron mala suerte –me dice Roger Cáceres en su oficina–. Recuerdo que los
recomendé a comisiones evaluadoras a ver si les podían dar alguna indemnización.
Hasta mandé documentos acreditando su servicio al país. Al final no hicieron caso.
Tras casi una hora de conversación, el ex senador me acompaña a la salida de
su despacho. Detrás de la puerta pende un adorno de palma, de esos que la gente lleva
en Domingo de Ramos. A través del ventanal de la oficina, se ve una azotea vecina
repleta de trastos, las calles hostiles de La Victoria. Cáceres estrecha mi mano. Me ve a
los ojos algunos segundos. Y me pide algo que parece haber meditado por años:
–Por favor, en su reportaje, no me ponga como un héroe.
5.
El periodista Juan Jara sí pudo ser un héroe. Jara tuvo en sus manos un mapa idéntico
al que hizo célebres a los periodistas de la revista SÍ, pero tardó demasiado en hacer lo
correcto: publicarlo. Todavía lo dudaba cuando se enteró a través de la televisión de la
exhumación de los restos en Cieneguilla. Su segundo error fue no aceptar que debía
quedarse callado.
–Si ya la denuncia la habían hecho los de la revista SÍ –le pregunto una mañana
de abril–, ¿por qué querías publicar el mapa?
–Porque lo que yo tenía en la mano era diferente. No era el mismo mapa. Era el
original. No es que fuera mi intención ser parte de la denuncia, pero debía
completarla.
Entonces cometió el tercer y definitivo error. La madrugada siguiente a la
exhumación de los restos, Jara le pidió a un amigo que le hiciera un servicio de taxi.
Según dice, iba a hacer un último intento de contactarse con un colega del diario LA
REPÚBLICA. Antes lo había intentado con colegas de EL COMERCIO y la revista
CARETAS. Se fue de viaje. Ya no trabaja aquí. Está enfermo. Ésas eran las respuestas
que le daban, recuerda Jara. Pero esa madrugada, durante su recorrido, vio
encendidas las luces de la casa de un amigo. Dice que le pareció sospechoso y se bajó a
preguntar. Esta vez la puerta se abrió. Dentro lo recibieron tres agentes de inteligencia
que en ese momento hacían una intervención sorpresiva. Según la versión policial, en
aquel lugar se imprimía EL DIARIO, un vocero clandestino de Sendero Luminoso. Jara
fue considerado sospechoso de inmediato. El mapa en el bolsillo lo condenó.
Esta mañana Juan Jara bebe un vaso de jugo de fresa en una cafetería de Surco,
un barrio residencial de clase media. De pronto abre un sobre de manila. Allí tiene su
certificado de libertad. Es un formato impreso, de una sola carilla y con datos llenados
a mano: «La Sala Nacional de Terrorismo lo absuelve por el delito de terrorismo. Fecha
de Ingreso: 26/07/93. Fecha de egreso: 31/01/04. Se expide la presente constancia
para los fines que estime convenientes». Después de once años en prisión, el
periodista Juan de Matta Jara Berrospi dice que busca una indemnización por el
tiempo que pasó preso. Algo de dinero que le permita rehacer su vida. Pero la ley sólo
contempla para él beneficios educativos o en salud. Él dice que ni siquiera eso ha
recibido. No se arrepiente de lo que hizo. Tampoco tiene ningún peso en la conciencia.
Jamás delató a sus fuentes.
6.
Cuando Arizapana y Catacora vieron por la televisión a Juan Jara presentado como
terrorista, sintieron pánico. La imagen de ese periodista en traje a rayas, expuesto ante
cámaras como un peligroso criminal, después de caer con el mapa que ellos habían
trazado, derrumbó la poca serenidad que les quedaba. Dicen que conversaron mucho
sobre lo que debían hacer. Tendrían que separarse y desaparecer. Se desearon suerte.
Esperaban algún día volverse a ver.
Justo Arizapana no regresó más a la quebrada de Cieneguilla. Durante varios
días vagó por la ciudad, sin sentirse seguro y apenas con lo que llevaba puesto. En los
medios seguía vigente la primicia de la revista SÍ. En la exhumación, se había
encontrado un manojo de llaves. El fiscal del caso abrió con ellas armarios y puertas
del pabellón de alumnos de la universidad La Cantuta. Los huesos eran de los
desaparecidos. La mayoría de fujimoristas calló. Arizapana pensó que el gobierno
buscaría a los verdaderos autores de la denuncia. Se sentía perdido. Con algo de dinero
que le prestó Catacora, escapó al norte del país. Se despidió brevemente de su mujer.
Le prometió que pronto volverían a reunirse. Sabía que mentía.
Catacora huyó a la selva. Empeñó el negocio de venta de querosene que
entonces tenía y dejó a su familia. Recuerda que poco después escuchó que los
cuerpos de otros estudiantes desaparecidos habían sido encontrados en un campo de
tiro de la policía. Uno de los cuerpos tenía tres disparos en el cráneo. Ante la presión
de la denuncia, Fujimori reveló que el jefe del escuadrón responsable, el mayor
Santiago Martin Rivas, estaba detenido, pero no aceptó que el crimen se investigara en
un juzgado civil.
–¿Fue éste el caso más importante de tu carrera? –le pregunto a Ricardo
Uceda, que en 1993 era director de la revista SÍ.
Después de recibir el mapa del congresista Cáceres, su equipo organizó la
denuncia pública de las fosas.
–No sé si de mi carrera, pero lo fue para la revista –me responde una mañana–.
A mí me puso como protagonista de una investigación importante. El caso Cantuta
permitió el proceso contra los responsables y al final éstos debieron ser identificados.
Uceda cree que ni siquiera la masacre de Barrios Altos tuvo el mismo impacto.
Él habla con soltura en su oficina, en una casona de Barranco, frente a una quebrada
verde que desemboca en el mar. Ahí funciona el Instituto Prensa y Sociedad, que él
dirige. Ha recibido varios reconocimientos después de la denuncia. En 1994, por
ejemplo, el Comité de Protección de Periodistas de Nueva York le concedió el premio
Libertad de Prensa. Ese mismo año, Justo Arizapana, que para entonces se hacía llamar
Julián, volvió a Lima. De regreso a Cieneguilla, ya no encontró a su mujer. Le dijeron
que había vuelto con su familia, que se cansó de esperar. Él viajó a Yauyos, su lugar de
nacimiento, y trabajó en el campo durante tres años. Luego se escondió en casa de un
amigo en Chosica. Algún sentido de protección especial debe de ofrecer el lugar donde
se ha nacido. Catacora, por esa época, también estaba en Puno. Aunque no tenía la
certeza de que lo perseguían, por temporadas volvía a Lima, se endeudaba y volvía a
partir. Una mañana encontró un sobre anónimo debajo de su puerta. Le daban
indicaciones para entregar mil dólares a cambio de que no se supiera lo que había
hecho. El Congreso dictó una ley de amnistía que dejaba libres a los implicados en la
matanza de La Cantuta. Catacora sintió que debía irse del país. Tenía una hija en Italia.
Empeñó su tienda a cambio de cinco mil dólares y buscó la manera de irse.
–Yo ayudé a Catacora para que pudiera viajar –me contó Roger Cáceres en su
oficina–. Me dijo que lo estaban persiguiendo. A quien nunca vi fue a Justo Arizapana.
Una parte de la historia de estos personajes se cuenta al final de MUERTE EN EL
PENTAGONITO, un libro que publicó Ricardo Uceda en el 2004, donde describe muchos
de los crímenes cometidos por mandos del Ejército. Para entonces, muchas cosas
habían cambiado: las leyes de amnistía ya habían sido derogadas y varios de los
integrantes del grupo Colina, e incluso sus superiores, estaban detenidos y eran
enjuiciados. Catacora regresó de Italia por esos días. Pero como al inicio de esta
historia, ningún tribunal lo citó. Nadie lo buscó. Nadie lo persiguió.
7.
Catacora trae dos platos humeantes a la sencilla mesa de madera de su casa, la
misma mesa en la que alguna vez trazaron el mapa. Sirve uno a su amigo, el otro es
para mí. Es una espesa sopa de huesos. Huesos de res. Todos los días, a la una de la
tarde en punto, como para recordar que a veces el destino es muy irónico, ellos
almuerzan lo mismo. Pero Catacora no compra esos ingredientes por mandato de su
gusto, sino porque luego usa los mismos huesos para tallar sus obras de artesanía.
Preparó lo mismo la mañana de la sentencia a Fujimori. Ya han pasado varias semanas
de eso.
–Si sabían que era un riesgo –les pregunto–, ¿por qué denunciaron la existencia
de las fosas? ¿Qué ganaban con todo esto?
–Mira, yo no sé si esos muchachos eran terroristas o no. Tampoco me importa
–se adelanta Arizapana con voz segura–. Pero que los hayan matado, eso ya está mal.
Eso no tiene nombre. Es un delito.
Catacora habla con cierta calma. Procura no abrir mucho la boca debido a un
problema con los dientes postizos.
–Si hubiéramos tenido esa ambición de hacer plata la hubiéramos hecho –dice–
. No teníamos ambición de dinero. Estaban por encima nuestros ideales, el socialismo,
la justicia.
¿Les correspondía algún mérito a los testigos clave de este caso? «Hicieron
posible un cambio en la historia peruana del último siglo y para ellos es como si algo
enorme hubiera pasado por sus vidas sin dejarles nada bueno», me dijo Uceda. Varios
de los involucrados, desde distintas perspectivas, sí obtuvieron alguna compensación.
En 1999, aún con Fujimori en el gobierno, el propio Uceda recibió el premio Héroe de
la Libertad de Prensa del Internacional Press Institute. Al año siguiente, la Universidad
de Columbia le otorgó el premio Maria Moors Cabot. Los deudos de La Cantuta, por su
parte, recibieron cien mil dólares por familia en un fallo de la justicia militar. Con el
retorno de la democracia les prometieron otra indemnización que todavía esperan.
Pero la historia es diferente para Catacora y Arizapana. Están en un vacío legal.
El Estado ni siquiera tiene una política de protección a testigos. «No hay nada que los
ampare –me dijo tiempo atrás Miguel Jugo, director de la Asociación Pro Derechos
Humanos–. Debería haber, pero en el Perú todas las personas que corren peligro o se
van del país o se protegen solos». Eso fue lo que hicieron los protagonistas de este
relato. Se quedaron a solas con sus miedos. Uceda dice que a través de otras personas
sintió la amargura de ambos. «Nunca me lo dijeron directamente», añade. «Tal vez la
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos les pudo dar un premio. Los podrían
declarar héroes civiles». ¿Podrían?
En su casa, ambos se concentran en el almuerzo. Arizapana muerde un trozo de
canilla. Arranca apenas los pocos filamentos de carne pegados al cartílago. Dicen que
antes se interesaban más por su caso, pero que desde hace un tiempo ya no tanto.
Salir de Comas les cuesta unos tres soles en pasajes, más o menos lo mismo que un
kilo y medio de huesos. Es lo que necesitarían para llegar a las oficinas del Registro
Único de Víctimas, en el exclusivo distrito de San Isidro, donde están los expedientes
de treinta y seis mil personas que esperan una reparación económica. Guillermo
Catacora también acudió un día a inscribirse. Allí le pidieron que precisara su situación.
«Él dijo que fue perseguido pero no pudo probarlo. Debió ser más específico. Al final
nunca regresó», me dijo Susana Codi, Coordinadora del Área de Evaluación y
Calificación de esa institución. «El señor Arizapana en cambio jamás se acercó». En el
local hay niños que corren. Llegaron con sus madres o con sus abuelas, las viudas de
esa guerra cada vez más lejana. De las once razones por las que el Estado atiende a
esas víctimas, sólo una podría aplicarse a Arizapana y Catacora: desplazamiento
forzoso. Ambos deberían demostrar que dejaron sus casas debido a alguna amenaza
tangible contra sus vidas. Pero aún si lograran probarlo, no les correspondería ninguna
indemnización. Esto sólo vale para quienes fueron heridos, violados o son familiares de
asesinados o desaparecidos.
–Sentimos celos. Mira cómo vivimos. Actuamos bien, pero otros se llevaron el
crédito –se queja Catacora con cierta amargura. –Nadie se ha acordado de nosotros. Ni
las ONG de derechos humanos ni Ricardo Uceda ni los familiares de los muchachos –
reclama Arizapana, quien sí luce fastidiado.
Deja la cuchara en el plato. Ha manchado la camisa a cuadros que lleva. Me
mira unos segundos. Pone una mano sobre la mesa.
–Si yo no decía nada, nunca encontraban justicia.
Justicia. «Su testimonio fue valiente. Reconozco que hay una deuda
pendiente», me dice Gisela Ortiz, la vocera de los deudos de La Cantuta, a través del
teléfono. Un periodista le presentó a Catacora. Ortiz recuerda ese encuentro. Fue en el
2004. Intentó ayudarlo. Le dio unos setecientos u ochocientos dólares. «A Justo, en
cambio, nunca lo conocí», comenta. Tiempo después, ese periodista también reunió a
Catacora con la presidenta del Consejo de Reparaciones, pero no ocurrió nada. Ricardo
Uceda ayudó a Catacora a completar el dinero para regresar a Italia. Una congresista
colaboró con cien dólares para ellos.
Ambos amigos cada vez salen menos a la calle. Tres veces a la semana compran
dos kilos de hueso en un matadero cercano. Hierven un poco cada día, durante hora y
media, y agregan algunas verduras y un poco de sal. El único lujo que se permiten son
los fideos. Está vez a la sopa le faltó un poco de gusto. Con esa preocupación de
artesano, Catacora me pide que no muerda mucho los huesos. Después de la comida,
él los secará al sol y dos días más tarde ya estarán listos para el trabajo. De eso viven.
Luego del almuerzo, Arizapana y Guillermo Catacora pasan al taller. Los huesos ya
limpios están alineados en una ventana con vista al pequeño patio en el que se levanta
la rudimentaria mesa de trabajo. Aquí pasan casi todo el tiempo confeccionando
peines, botones, cortaplumas y palomas con ese material.
–Yo compartí lo que me dieron con Justo… y eso es todo –dice Catacora–. No
hay más.
Arizapana escucha a su amigo mientras talla lo que será un llavero en el
esmeril. Se detiene un momento. Deja el hueso sobre la mesa. Permanece en silencio
unos segundos. Entonces se pone de pie.
–Como decía San Lucas, busca primero el reino de los cielos y todo lo demás
será añadido –me dice–. Ya llegará nuestro momento.

“Yo mataré monstruos por ti”

Pues esta frase, honesta, pura, franca. Evoca en mi una serie de pensamientos y situaciones y circunstancias, que para bien o para mal me han tocado vivir, quien soy, como soy;  que es lo que somos, para que estamos aquí. ..pues me despojo de todo sentido coleccionista, de todo consumismo y materialismo innecesario, he intento llegar al estado mas minimalista en el que pueda habitar un ser humano,  el estado mas puro en el que nos podemos encontrar y conectar,  en la AUTENTICIDAD,  GENUINIDAD , características  que poseíamos cuando eramos niños y que desafortunadamente hemos ido perdiendo a travez de los años, a medida que crecemos, ¿parece una paradoja  verdad? pues es cierto, aunque duela reconocerlo.

Yo matare monstruos por ti, cuando empiece matando los míos, cuando los conozca, reconozca y acepte que son parte de mi naturaleza; con todo el dolor , la pena y la miseria que esto signifique. En algunas situaciones quizás ni siquiera sea necesario matarlos,  si no tal vez aprender a convivir con esos monstrillos y si; si joden mucho , pz ahí si liquidarlos sin  misericordia alguna, solo en ese encuentro conmigo mismo, tan personal, tan intimo  y tan privado, puedo ser yo mismo, y luego cuando este fuerte,  tal vez yo pueda matar monstruos por ti.

aqui os dejo un extracto del nuevo libro de victor balcells.

“Y tú me hablabas de las cebollas que teníamos que comprar, de lo caro que era el autobús hasta Barcelona; y tú me hablabas de la suciedad de los mendigos, tan inconstitucional, de esa manía que tenían en las tiendas de abusar del aire acondicionado. Y yo sólo te hablé una vez, citando a Pizarnik. Cómo decir con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome, te dije. Y en ese momento una chica que caminaba delante de nosotros se giró y dijo: ¡Es un verso de Pizarnik!; y sin decir nada más siguió caminando y tomó otra calle, a la derecha o a la izquierda, no lo sé, pero quizá hubiera sido importante prestar atención a ese detalle, saber hacia dónde fue, pienso ahora, cuando levanto la cabeza -hubiera sido importante- y te veo tumbada en el sofá, sabiendo que quizá no me odies, pero que yo ya te doy igual.”

de Yo mataré monstruos por ti
Víctor Balcells Matas